Chile 19/12/2003 15:42:58 EL CACHERO SOLITARIO
Ya no se trata de dividir para reinar, ahora el lema parece ser: IDIOTIZAR PARA VENCER.La voz de los que no tienen voz está en nuestros días a cargo de un puñado MUY escaso de comentaristas, analistas, disidentes del discurso oficial, que de alguna manera se hacen oír, usando principalmente los canales de la Internet.
Sin embargo, para quienes han llegado a la TV, la espada de Damocles del rating pesa sobre ellos y podría hacerlos desaparecer del éter. Es real que basta con cerrar las válvulas publicitarias para que un medio termine quebrado. Por otra parte, salvo honrosas excepciones, en muchos programas que están en el aire, la programación se llena con jóvenes que hacen de la competencia su razón de vida. Algunos hay que parecieran no conocer ni el idioma, por lo tanto menos la historia. Son los que van estructurando una parafernalia troglodita, distorsionadora de la realidad, construida sobre un pequeño puñado de palabras donde la degeneración del lenguaje es frecuente, chocante y lastimera.
Irrita escuchar a una profesional universitaria decir muy suelta de cuerpo que los impuestos son "perjudicatorios" en vez de perjudiciales. La velocidad se mezcla con la taquilla liviana y esto lleva a una superficialidad veloz, que no deja tiempo para reaccionar ni para hilvanar alguna idea cuerda o a emitir al menos un reclamo.Se está produciendo la pauperización del lenguaje porque son las ideas las que han sido removidas, dejando sólo imágenes, burbujas que se disuelven tan fácilmente como aparecen. El propio gobierno se resiste a abrir canales de participación y crítica formal de la ciudadanía.
El sistema juega a usar como sinónimos los verbos informar y participar. Esto produce un diálogo unilateral, de difícil retroalimentación. Todos eluden el debate. La libertad de opinión abunda, pero en los antejardines del poder. Es muy difícil franquear los filtros que amurallan a las autoridades. Sólo la imagen circula por las antesalas de los palacios, de las torres corporativas, de las catedrales mediáticas que programan la agenda de la política, imponiendo a diario lo que la gente debe saber.
Manifestarse cansado de la sordera colectiva significaría rendirse y hoy el deber democrático, así nos cueste, es perseverar. Preguntar por ejemplo, ¿cuánto tiempo de su trabajo diario gastan el Presidente de la República, sus Ministros, los parlamentarios y alcaldes, en ese esfuerzo OBSESIVO de estar en pantalla? ¿Cuánta productividad se resta a su gestión pública por el hecho de estar todos atados a la variable comunicacional? Frente a todo esto, uno rememora los estilos antiguos de hacer política, cuando el Presidente no era un showman, sino un recatado hombre público que muy de tarde en tarde y para cosas realmente importantes, utilizaba la cadena nacional para hacerse oír. En esas ocasiones, trascendentales, la gente escuchaba en atento silencio y a nadie se le ocurría hacer zapping cuando el Jefe de Estado se dirigía a la Nación. Porque seguramente se trataba de algo serio, ya que para entonces no se gobernaba de cara al espejo o sonriendo a las cámaras de televisión.






