El Conde Victorio Pr.de la Orden Culiantinos, Chile 22/01/2004 23:59:00
TAL VEZ...(tienes razón.)
Desde muy temprano empieza a deslizarse en nuestras valoraciones de las situaciones abiertas el continuo acompañamiento de la comparación con los demás, del «más o menos» constante:
Si somos más o menos fuertes, capaces, bellos, inteligentes, buenos o malos, pequeños o grandes, esta valoración, con toda la infinitud de matices y de situaciones, no nos deja desde los primeros albores de la concienciación hasta la muerte. Tal actitud comparativa con los demás está intrínsecamente relacionada con las valoraciones, exactas o erróneas, de nuestra propia capacidad y vitalidad. El carácter de nuestras oscilaciones entre más y menos patior se hace patente también a través de las emociones de inferioridad y de su posible o imposible compensación y superación. La maduración de la persona en nosotros es una escalera que estamos subiendo y bajando incesantemente. Y sus escalones son muy a menudo los de la inferioridad sentida, compensada, superada o no.
Tenemos muchos motivos para sentirnos inferiores en cualquier momento de la vida. Nuestro contorno cósmico es tremendamente superior a nuestras fuerzas. A lo largo de estas valoraciones, que pueden incluso cundir en la impotencia, nacerán, como superación, nuestros sentimientos religiosos, en los que el miedo a aquella supremacía inmutable, y a veces inconmovible, tendrá un gran papel, lo reconozcamos o no. Tal inferioridad primordial, y sus distonías, pueden convertirse en superación si encontramos a Dios de una o de otra manera, o también si creemos que lo hemos encontrado, o si creemos que existe. Aun cuando no creamos que exista, la inferioridad sentida frente a la omnipotencia cósmica nos sugiere emociones de una honda dependencia de este algo omnipotente que, aun tercamente ateos, debemos inclinarnos a llamar al menos la Gran Creación.
Felicidad aquella que nos viene de los que nos aceptan tales como somos! Dicha extraordinaria que brota desde el otro al que sin miedo hemos podido mostrar e incluso confesar nuestras inferioridades ocultas, sin miedo a que todo se derrumbe entre nosotros. El confesor en el templo puede perdonarlo todo, absolvernos de cualquier crimen o falsedad cometida. Pero los demás hombres no perdonan tan fácilmente; sor jueces y soberbios. Son además gente que se tija, con malicia deliberada o accidental, si por la mala suerte nuestra forma de cualquier índole no es la mejor del género, o si está incluso a punto de convertimos en caricatura. Pero el hombre o la mujer que, por encima de la evidencia, aprecia lo que es de más valía en nosotros antes que lo criminal o lo caricatural que sale a la vista, nos devuelve la confianza perdida, nos redime de lo que creíamos irremediable. No hay que creer en el amor que no nos puede aceptar con las inferioridades que llevamos desde dentro o por fuera. Ni en el que nos quiere ver siempre fuertes y colmados de éxitos. O en aquel al que no podemos confesar que hemos sido somos feos, malhechores o simplemente diferentes de lo que se esperaba de nosotros.







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